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Personas sin hogar y sensacionalismo.

Hace unos días sabíamos de una brutal agresión a una anciana sin hogar en una céntrica calle de Madrid. Esta noticia y su imagen con el rostro amoratado se compartían en redes sociales, y medios de comunicación. ¿Necesitamos ver los moratones de una anciana para conmovernos con la violencia que supone vivir en la calle?. En esta brutal agresión confluían diferentes rasgos que hacían a la víctima especialmente vulnerable: su edad, su situación de pobreza extrema, su sexo, su nacionalidad y su etnia. Sin embargo, considero que hay algo de cinismo colectivo y sensacionalismo cuando nos indignamos sobremanera ante estas agresiones, pero seguimos conviviendo con estas personas en nuestras calles y plazas como si nada. La realidad es que no alzamos la voz ante nuestros representantes políticos para decir que la situación de estas personas nos indigna y que no exigimos soluciones a este problema. Porque vivir en la calle también es violencia que, por aceptada cotidianamente como algo lógico dentro del sistema, pasa desapercibida.

Las organizaciones expertas hablamos  de sinhogarismo en lugar de “personas sin techo” para poder visibilizar que esta realidad es un fenómeno social y que no se trata solo de casos individuales de personas pobres. El sinhogarismo está determinado por factores estructurales que tienen su origen en causas políticas, sociales y económicas que obstaculizan el acceso a la vivienda y a un empleo. Por tanto, contextualizar la agresión a esta anciana en este marco más amplio es imprescindible para no caer en el sensacionalismo.

Vivir en la calle es violencia. En España hay 31.000 ciudadanos y ciudadanas que no tienen hogar. Estas personas tienen una esperanza de vida 20 años menor que el resto de la población. Y el 47% de ellas sufrirá una agresión motivada por el odio y la intolerancia, tal y como sucedió a esta anciana. Cada 6 días muere una persona en la calle (la última de la que tenemos constancia ha sido en Alicante). Vivir en la calle mata. Es literal.

Ni los medios de comunicación, ni los representantes políticos, ni la ciudadanía deberían esperar a que una anciana de 85 años sea agredida en pleno centro de Madrid para preocuparse y ocuparse de la situación de extrema pobreza, de injusticia social y extrema vulnerabilidad que sufren las personas sin hogar. La vivienda es un derecho que debe ser garantizado. Una sociedad democrática no puede permitirse abandonar más allá de los márgenes a nadie.


Cristina Hernández. Responsable de Incidenciad de RAIS.